Un domingo de febrero por la tarde nos dimos como misión fotografiar los conventos y monasterios de Morelos, o por lo menos aquellos que se encuentran en la parte norte del estado. Después de fotografiar el Exconvento de San Juan Bautista en Tlayacapan, nos dirigimos hacia el oeste, a Atlatlahucan, donde está el hermoso exconvento de San Mateo. Un camino pequeño y curveado nos lleva a este poblado.
La calles estaban vacías como suele pasar después de la hora de la comida. De pronto vemos un pequeño grupo de hombres vestidos de mujeres bailando al son de unos violines un poco desafinados, los seguimos y muy amistosamente nos invitan a seguirlos. La amabilidad de esas pesonas nos motivó a acompañarlos. Uno de ellos nos explica que lo que están haciendo es el entrenamiento para el carnaval del martes. Las negras, nos explica, son hombres vestidos de mujeres que representan a Jesús cuando perseguido por Herodes, sus padres lo disfrazan de niña para escapar a la matanza.
Nunca había oído esa versión de los hechos pero porqué no. Finalmente en las tradiciones , yo creo que los que las hacen vivir son los que tienen la última palabra.
Acompañando a las negras iba una muñeca, la llevaban cargando envuelta en una manta negra. Debe ser milagrosa porque iban pasándola entre la gente del pueblo como pidiéndole favores.
Uno de los músicos nos dijo que eso no era nada...“de todos los pueblo aquí es donde tenemos a las mejores negras, en los otros pueblos decimos que solo son puñales” Nos invitó a que regresáramos el martes siguiente y que veríamos a las negras bailando y a los tatais haciendo desorden, haciendo limpias y paseando al Chepe, un muñequito que dicen es muy milagroso.
Regresamos el martes siguiente a las 5 de la tarde. La gente ya estaba reunida en la plaza, esperando el desfile. Fué un espectáculo único cuando salió la primera banda de negras, el esmero que habían tenido para prepararse se sentía en cada detalle, la vestimenta estaba perfectamente adaptada a la anatomía masculina para hacer surgir de ella una feminidad casi realista.
Las piernas rasuradas, las pestañas postizas, las pelucas relucientes, accesorios coquetos, bolsas combinadas, peinados de princesas y de menos bien portadas. Lo que más me llamó la atención fué la evidencia de una búsqueda de estilo por parte de cada uno de esos hombres que por una tarde, una tarde del año se vestirían como mujeres y se comportarían como tales. Todos y cada uno de ellos dejó salir su faceta femenina y lo mejor de todo es que lo disfrutaban.
La música y el baile no pararon desde ese momento hasta pasadas las 12 de la noche. Eran 2 grupos de negras que pertenecían a dos comparsas del pueblo, se establecieron en dos lugares de la plaza y ahí estuvieron dando vuelta y vuelta al ritmo de la banda y de los violines, encabezadas por la reina, “la más guapa”. Nos preguntábamos, quién había escogido a la reina... los hombres, las mujeres, y bajo qué criterios, ¿serán los mismos que para una verdadera mujer?
Los hombres del pueblo pedían un baile o dos con la negra de su elección, un encargado de recoger la cooperación pasaba terminado el baile, a ver al interesado con una lata en la mano.
Esos hombres, algunos jovenes y algunos menos, no olvidaban ni un instante su papel, no solo el atuendo y el peinado eran femeninos sino también las actitudes, la forma de caminar y de moverse, parecía que esos jovenes habían desfilado en minifalda y tacones toda su vida frente a todo el pueblo.
Yo hubiera esperado escuchar algun comentario sucio o tal vez un ambiente un poco pesado, pero al contrario parecía haber un entero respeto por esta festividad y todo se hacía con una naturalidad y espontaneidad extraordinarias.
Es algo que se tiene que ver al menos una vez en la vida. Cita el martes siguiente al miércoles de ceniza a las 5 de la tarde en Atlatlahucan. Vale la pena el viaje.











