Guia-Cuernavaca

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Música en el Tantra Café-Bar-Galería

Música en el Tantra Café-Bar-Galería
Lucía O. Toledo

A pesar de los días de lluvia anteriores, la noche del viernes se dejó caer apacible y cálida hasta antes del concierto de Chávez-Amaya-Kristos. A las 8:30 p.m. sin truenos, ni rayos, ni frío sino más bien, bajo una bóveda celeste descargada y entre un público extraordinariamente contemplativo y aplaudidor, Ziwl, el inefable cantautor y socio del Tantra arribó al escenario para interpretar tres piezas del inolvidable cubano Rodríguez: “El dulce abismo”, “Sólo el amor” y “Yo te quiero libre”.
Armonías y letras vagaban juguetonas e indecisas por la barra, las mesas, el cuarto de masajes, regresaban al escenario y se salían por la terraza en un viento bailarín que llevaba las notas hacia el Tepozteco. Un gran aplauso y un pequeño silencio habitaron el bar mientras se anunciaba los cantantes que seguían, vibraba en el lugar una enorme expectación que no se sabía si sería satisfecha.
Terminada la intervención de dos nuevas voces que están haciendo pinitos escénicos en Morelos (Eduardo Zitle de Cuautla y Randy Galán, ganador del primer concurso de canto “Tantra Tepoztlán”), a las 9:30, un Gerardo Ziwl sobrio y recogido, presenta a Alejandro Chávez, quien a la vez impetuoso y discreto, sorprendió con la fuerza y originalidad de su propuesta musical y con su contenida pero seductora presencia escénica. Mezclando ritmos como el funk, la balada y el blues y presentando letras trabajadas y complejas, algunas de su autoría, otras prestadas, Chávez mostró su talento a través de canciones como “Mundos dispersos” y “Cinthya” que hicieron corear y escuchar sin chistar a un público que esperaba calidad y que parecía iba quedando satisfecho.
El turno de Alfonso Maya llegó sobre las diez treinta de la noche, el respetable estaba justo a la mitad del menú de goces auditivos, la atención concentrada en la mirada al escenario, la energía disipada en margaritas, cervezas y vino tinto; los sentidos totalmente entretenidos: circulaban por el bar baguettes, aceitunas, aroma de incienso, notas, aplausos, música. Maya demostró una vez más que puede existir un equilibrio entre letra y música, elabora historias a partir de mitos de sus temas predilectos: el amor de pareja, los convencionalismos sociales, la creación, ... Siempre reflexivo y crítico, con “El sonsonete” satiriza la creación y el uso musical mercadotécnico, parodiando fórmulas musicales que han sido hit en la radio y moda frenética en los antros, al mismo tiempo que pone a palmear, corear y bailar al auditorio. “Giros y Giros” y “La niña de las flores” fueron también de sus interpretaciones más aplaudidas.
Cerca de las doce, cuando ya nada se pensaba que podía ganarse y parecía que la noche se despeñaba (porque la estupenda intervención de Maya había terminado y porque en la tranquila rutina de un pueblo como Tepoztlán, hasta la luna se duerme temprano), sube al escenario Kristos, un músico de difícil definición que hace una especie de rock- blues- rap histriónico intertextual (esto es el entretejido de varios textos: una canción dentro de otra; una canción con citas de otras rolas...). Con la pierna izquierda levantada y sacudida hasta la altura de la cadera, Kristos rasga con ritmo y energía la guitarra. Con máscaras carnavalescas y pelucas a la Rigo Tovar, este músico no duda en trastocar melodías y sentimientos. A la mitad de canciones suyas como “Hoy que el miedo duerme a tu lado” y “Cuando nos conocimos”, Kristos cambia de dirección. De lo oscuro gira hacia lo circense. Del lamento a la mentada. Y el público, sin sentirse aludido, ríe con él y es conquistado.
La noche sigue su camino celeste. La buena música cumplió su cometido y sedujo al respetable, con la innegable ayuda de un buen trago y un aún mejor bar. A pocos metros del cerro del Tepozteco, la armonía entre buenos trovadores, lluvia ausente y buena conversación, hace que la escapadita a Tepoztlán haya valido la pena.